El Mundo de Paz en Nosotros: Fábula
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martes, 1 de agosto de 2017

La fábula de los ciegos de Hermann Hesse


Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir 
las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de
 que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña.

Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida 
en que tal cosa sea posible para unos ciegos.

Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos.

Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.
 Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, 
mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas.

A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos 
los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas
 blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo
 se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador.

Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos 
y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista.
 Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe.

Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos. Para sosegar los ánimos, 
el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la 
vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto;
 ningún ciego llevaba prendas de color rojo.

Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. 
El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y
 no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender
 provisionalmente todo juicio acerca de los colores.

Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música.

Hermann Hesse

lunes, 8 de mayo de 2017

La zorra y el chivo en el pozo


Cayó una zorra en un profundo pozo, 
viéndose obligada a quedar dentro por no poder alcanzar el borde.

Llegó más tarde al mismo pozo un chivo sediento,
 y viendo a la zorra le preguntó si el agua 
era buena. Ella ocultando su verdadero problema
 se deshizo en elogios para el agua, afirmando
 que era excelente, e invitó al chivo a descender
 y probarla donde ella estaba.

Sin pensárselo saltó el chivo al pozo, y después
 de saciar su sed, le preguntó a la zorra cómo harían para salir de allí.

Dijo la zorra entonces:

Hay un modo, que sin duda es nuestra mutua salvación. 
Apoya tus patas delanteras 
contra la pared y alza bien arriba tus cuernos; luego yo 
subiré por tu cuerpo y una vez afuera, tiraré de ti y te alzaré.

El chivo la creyó y así lo hizo de buen grado y diligencia, y
 la zorra trepando hábilmente por la espalda y los cuernos de 
su compañero, alcanzó a salir del pozo, alejándose de la
 orilla al instante, sin cumplir con lo prometido.

Cuando el chivo le reclamó la violación de 
su convenio, se volvió la zorra y le dijo:

¡Oye socio, si tuvieras tanta inteligencia como
 pelos en tu barba, no hubieras bajado sin pensar antes en cómo salir después!

Antes de comprometerte en algo, piensa primero
 si podrías salir de aquello, sin tomar en cuenta lo que te ofrezcan tus vecinos.
Fábula de Esopo.