Friday, July 7, 2017

Perdonar es recordar sin sufrir

¿Perdonar es igual a olvidar? Perdonar es recordar sin sufrir 

Perdonar significa renunciar a la venganza. Perdonar es abandonar o eliminar un sentimiento adverso contra el hermano


En distintas situaciones de la vida, sufrimos ofensas, decepciones, tristezas o dolor provocados por otras personas. Esas sensaciones suelen ser difíciles de sobrellevar y aceptar. En ocasiones nos encerramos en ellas, y en otras, renunciamos al orgullo y buscamos la paz. 


Ante esto, surge la pregunta si perdonar es lo mismo que olvidar. El padre Sebastián García, de la Congregación Sagrado Corazón de Jesús en Capital Federal, dialogó con Radio María y reflexionó al respecto.


El Padre Sebastián indicó lo siguiente:


Hay tres dimensiones a considerar. 
La primera es que perdonar no es igual a olvidar. 
La segunda es tratar de no responder de la misma manera con el mal que me causaron. 
La tercera, es mirar la historia y dar gracias por las ofensas que sufrí, porque esconden un sentido redentor. 


El desafío al que nos invita Jesús es el de vivir reconciliados. En primer lugar, perdonar significa renunciar a la venganza. Es no devolver al mal que me han causado con otro mal mayor.


Que una persona perdone de corazón no significa que vaya a
 olvidar el daño causado. Cuando vemos situaciones de personas 
que nos han herido o lastimado, es muy difícil olvidar, 
pero la no capacidad de olvido no hace imposible el perdón, sino al contrario.
 Con esa herida en el corazón y en el alma, puedo ofrecer
 una primera instancia de perdón
Ante el recuerdo doloroso, está la opción de perdonar

Muchas veces no nos vamos a olvidar del mal que nos causaron
 o que causamos, pero podemos perdonar, que es la
 capacidad de recrear un vínculo y renunciar a pagar el mal con el mal.

Desde la mirada creyente, esas situaciones en que me han
 ofendido o lastimado son ocasión y posibilidad de nueva vida.
Yo le puedo dar gracias a Dios por las heridas de mi vida, por 
esta posibilidad de nueva vida, de ver desde una nueva perspectiva.

Si uno lee el Evangelio, ve que Jesús sufre las opresiones
 y las carga en su propia cruz. Si uno lo ve fríamente, 
perdonar no sirve. Pero si lo ves de una perspectiva de fe,
perdonar es el acto en el que más nos asemejamos a Dios.

Nos hacemos más seres humanos y cristianos en la medida
 en que más perdonamos. A veces tenemos que perdonarnos
 a nosotros mismos, porque Dios perdona todo.

¿Quién sufre: el que odia o el que es odiado?

El Padre Ignacio Larrañaga nos dejó una meditación sobre el 
perdón que vale la pena dejar como aporte en este espacio:
Pocas veces somos ofendidos; muchas veces nos sentimos ofendidos.
Perdonar es abandonar o eliminar un sentimiento adverso contra el hermano.

¿Quién sufre: el que odia o el que es odiado? 

El que es odiado vive feliz, generalmente, en su mundo. 
El que cultiva el rencor se parece a aquel que agarra una
 brasa ardiente o al que atiza una llama.
 Pareciera que la llama quemara al enemigo; pero no, se quema uno mismo.

El resentimiento solo destruye al resentido.

El amor propio es ciego y suicida: prefiere la satisfacción de la venganza
 al alivio del perdón. Pero es locura odiar: es como almacenar veneno en las entrañas.

El rencoroso vive en una eterna agonía.

No hay en el mundo fruta más sabrosa que la sensación de descanso 
y alivio que se siente al perdonar, así como no hay fatiga mas
 desagradable que la que produce el rencor. 
Vale la pena perdonar, así como no hay fatiga más desagradable 
que la que produce el rencor. Vale la pena perdonar, 
aunque sea solo por interés, 
porque no hay terapia mas liberadora que el perdón.


No es necesario pedir perdón o perdonar con palabras. 
Muchas veces basta un saludo, una mirada benevolente, 
una aproximación, una conversación. Son los mejores signos de perdón.


A veces sucede esto: la gente perdona y siente el perdón;
 pero después de un tiempo, renace la aversión.
 No asustarse. Una herida profunda necesita muchas curaciones.
 Vuelve a perdonar una y otra vez hasta que la herida quede curada por completo.

Padre Ignacio Larrañaga

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