El mundo de paz en nosotros

martes, 19 de septiembre de 2023

Librero en andanzas



Desde que era un niño, mi padre me arrastraba a una librería de segunda mano que odiaba con toda mi alma. Para mí, esos libros eran solo un montón de letras aburridas y ya habían montones de libros feos y viejos que se acumulaban en el estudio de la casa como montañas de polvo olvidado. Cada visita era una tortura y no entendía cómo mi padre podía pasar horas allí, sonriendo todo el rato, como si hubiera encontrado el paraíso.

Pasaron los años y con ellos seguía la obligación de acompañar a mi padre a la librería. Aunque seguía considerando que esos libros no eran más que trastos inútiles, una tarde, en la que estaba aburrido como de costumbre, decidí hojear algunos de los títulos que mi papá ya había apartado con cariño en una pequeña pila. Fue entonces cuando todo cambió.

Descubrí que detrás de esas portadas desgastadas y hojas amarillentas, habían historias mucho más fascinantes de lo que jamás hubiera imaginado. Me quedé atrapado en una novela de misterio que me ayudó a entender por qué mi padre amaba tanto esos libros.

Mis visitas a la librería ya no eran solo un deber, sino una oportunidad para descubrir tesoros escondidos en los rincones más insospechados. Empecé a ver esos libros no como objetos estorbosos, sino como pasaportes a otros mundos y épocas. Y me di cuenta de que el estudio de mi padre, con sus montañas de polvo y libros envejecidos, era en realidad un rincón mágico lleno de historias por descubrir.

Así que, poco a poco, empecé a comprender la pasión de mi padre por la lectura. Descubrí que no importa cuán viejos sean los libros, siempre tienen algo valioso que ofrecer. Ahora, en cada visita a la librería con mi padre, él está feliz de dejarme escoger algunos libros que me llamen la atención. 

Creo que él siempre supo que esto pasaría en algún momento así que nunca desistió de acercarme a los libros, aunque nunca me obligo a leer. Es la persona más lista que conozco y ahora me siento más cercano a él.

lunes, 18 de septiembre de 2023

La analfabeta



"Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.

Tengo cuatro años. La guerra acaba de empezar. Vivimos en un pueblecito que no tiene ni estación, ni electricidad, ni agua corriente, ni teléfono.

Mi padre es el único maestro del pueblo. Enseña en todos los cursos, desde el primero hasta el sexto. En la misma aula. La escuela está separada de nuestra casa sólo por el patio, y las ventanas del colegio dan al huerto de mi madre. Cuando me encaramo a la ventana más alta del comedor veo a toda la clase con mi padre delante, de pie, escribiendo en la pizarra negra.

El aula de mi padre huele a tiza, a tinta, a papel, a calma, a silencio, a nieve incluso en verano.

La gran cocina de mi madre huele a animal muerto, a carne cocida, a leche, a mermelada, a pan, a ropa húmeda, a pipí del bebé, a agitación, a ruido, al calor del verano, incluso en invierno.

Cuando el mal tiempo no nos permite jugar fuera, cuando el bebé grita más fuerte de lo habitual, cuando mi hermano y yo hacemos demasiado ruido y demasiados destrozos en la cocina, nuestra madre nos envía a nuestro padre para que nos imponga un castigo.

.Salimos de casa. Mi hermano se detiene delante del cobertizo en el que guardamos la leña:

Yo prefiero quedarme aquí. Voy a cortar un poco de leña pequeña.

Sí. Mamá se pondrá contenta. Atravieso el patio, entro en la gran sala y me detengo cerca de la puerta. Bajo los ojos. Mi padre me dice:

Acércate.

Me acerco y le digo a la oreja:

Castigada, mamá,

¿Nada más?

Me pregunta, nada más porque a veces tengo que entregarle sin decir nada una nota de mi madre, o debo pronunciar las palabras, médico o urgencia, o bien únicamente un número: 38 o 40. Todo esto por culpa del bebé, que se pasa el día enfermo.

Le digo a mi padre:

No. Nada más. Me da un libro con imágenes:

Ve y siéntate.

Voy al fondo de la clase, donde siempre hay lugares vacíos detrás de los mayores.

Fue así como, muy joven, por casualidad y sin apenas darme cuenta, contraje la incurable enfermedad de la lectura. Cuando vamos de visita a casa de los parientes de mi madre, que viven en una ciudad cercana, en una casa que tiene luz y agua, mi abuelo me toma de la mano y, juntos, recorremos el vecindario.

El abuelo saca un diario del bolsillo de su levita y dice a los vecinos:

¡Mirad! ¡Escuchad!

Y a mí me dice:

¡Lee!

Y yo leo. Normalmente, sin errores, y tan rápido como me lo pida.

Dejando de lado este orgullo de abuelo, mi enfermedad de la lectura me traerá sobre todo reproches y desprecio:

No hace nada. Se pasa el día leyendo. No sabe hacer nada más.

Es la tarea más pasiva de todas. Perezosa.

 sobre todo, lee en vez de . ¿En vez de qué?

Hay miles de cosas más útiles, ¿no?  Incluso ahora, por la mañana, cuando la casa se vacía y todos mis vecinos se van a trabajar, tengo un poco de cargo de conciencia por instalarme en la mesa de la cocina a leer los diarios durante horas en vez de fregar los platos del día anterior, ir de compras, lavar y planchar la ropa, hacer mermeladas o pasteles.

Y, ¡sobre todo!, en vez de "escribir".

Agota Kristof

viernes, 8 de septiembre de 2023

El anciano docente


Un anciano conoce a un joven quien le pregunta:

 ¿Se acuerda de mí? 

Y el anciano le dice que NO.

Entonces el joven le dice que fue su alumno. 

Y el profesor le pregunta: - ¿Qué estás haciendo, a qué te dedicas?

El joven le contesta: "Bueno, me convertí en Profesor."

Ah, que bueno ¿como YO? (le dijo el anciano)

 Pues, sí. De hecho, 

me convertí en Profesor porque usted me inspiró a ser como usted.

El anciano, curioso, le pregunta al joven qué momento fue el que lo inspiró a ser Profesor. 

Y el joven le cuenta la siguiente historia:

 “Un día, un amigo mío, también estudiante, llegó con un hermoso reloj, nuevo, y decidí que lo quería para mí y lo robé, lo saqué de su bolsillo. Poco después, mi amigo notó el robo y de inmediato se quejó a nuestro Profesor, que era usted. Entonces, usted se dirigió a la clase:

El reloj de su compañero ha sido robado durante la clase de hoy. 

El que lo robó, por favor que lo devuelva...

No lo devolví porque no quería hacerlo.

Luego usted cerró la puerta y nos dijo a todos que nos pusiéramos de pie y que iría uno por uno para buscar en nuestros bolsillos hasta encontrar el reloj. 

Pero, nos dijo que cerráramos los ojos, porque lo buscaría solamente si todos teníamos los ojos cerrados. 

Así lo hicimos, y usted fue de bolsillo en bolsillo, y cuando llegó al mío encontró el reloj y lo tomó.

Usted continuó buscando los bolsillos de todos, y cuando terminó, dijo: 'Abran los ojos. Ya tenemos el reloj'. 

Usted no me dijo nada, y nunca mencionó el episodio. 

Tampoco dijo nunca quién fue el que había robado." 

Ese día, usted salvó mi dignidad para siempre. Fue el día más vergonzoso de mi vida. Pero también fue el día que mi dignidad se salvó de no convertirme en ladrón, mala persona, etc. Usted nunca me dijo nada, y aunque no me regañó ni me llamó la atención para darme una lección moral, yo recibí el mensaje claramente. 

Y gracias a usted entendí que esto es lo que debe hacer un verdadero educador. 

¿Se acuerda de ese episodio, Profesor?

Y el Profesor responde: "Yo recuerdo la situación, el reloj robado, que busqué en todos, pero no te recordaba, porque yo también cerré los ojos mientras buscaba."

Esto es la esencia de la docencia. Si para corregir necesitas humillar; no sabes enseñar.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

El delantar de la abuela & 5 frases

El primer propósito del delantal de la abuela era proteger la ropa de debajo, pero, además sirvió como un guante para quitar la sartén del horno.

Fue maravilloso secar las lágrimas de los niños y, en ocasiones, limpiar las caras sucias. Desde el gallinero, el delantal se usó para transportar los huevos y, a veces, los polluelos. Cuando llegaron los visitantes, el delantal sirvió para proteger a los niños tímidos.

Este viejo delantal era un fuelle, agitado sobre un fuego de leña. Fue él quien llevó las papas y la madera seca a la cocina. Desde el jardín, sirvió como una cesta para muchas verduras después de que se cosecharon los guisantes, fue el turno de las coles. Y al final de la temporada, se usaba para recolectar manzanas caídas. Cuando los visitantes llegaron inesperadamente, fue sorprendente ver qué tan rápido este viejo delantal podía dejar el polvo.

Cuando llegó el momento de servir las comidas, la abuela fue a la escalera a sacudir su delantal y los hombres en el campo supieron de inmediato que tenían que ir a la mesa. La abuela también lo usó para poner la tarta de manzana justo fuera del horno en el alféizar de la ventana para que se enfriara. Pasarán muchos años antes de que algún invento u objeto pueda reemplazar este viejo delantal.

En memoria de nuestras abuelas.

Frases

“Merecedora es de elogio esta prenda singular.”

“Yo conservo en mi memoria tan claro como 
el cristal.”

“Cuando hacia frió la abuela también se abrigaba 
 con el.”

“Era una maravilla secando las lágrimas de los 
pequeños.”

La abuela la usaba también para colocar las
tortas del horno en la ventana para que se 
enfriarán.”

sábado, 26 de agosto de 2023

Leticia la Doctora



Leticia fue mi alumna en la escuela "Justo Sierra", en plena sierra. Tenía once años de edad. 

Once años conociendo las carencias y la mugre de la vida. 

Siempre con la misma ropa, heredada por una tradicional necesidad familiar. 

Once años batallando con los bichos de día y de noche. 

Con una nariz que como vela escurría todo el tiempo. 

Con el pelo largo y descolorido sirviendo de tobogán a los piojos. 

Aun así, era de las primeras en llegar a la escuela. 

Tal vez iba por los momentos necesarios para soñar que era lo que no; aunque enfrentara el rechazo y el asco de los demás.

A la hora del trabajo en equipo nadie la quería. 

No dieron la oportunidad para demostrar qué tan inteligente era: el repudio fue lo que Leticia conoció.

Me desconcertaba el hecho de ver que algunos varones con características semejantes a las de Leticia eran aceptados por el resto de las niñas y los niños, pero no ocurría lo mismo con Leticia y las niñas. 

A mí solo se me ocurría hacer recomendaciones que nunca fueron atendidas.

En ese tiempo me preguntaba: 

¿De qué sirve leer cuentos a esos niños que no han comido?; 

¿serviría de algo alimentarlos con fantasías? 

Yo creía que sí, pero no sabía hasta dónde.

Constantemente les brindaba relatos, sobre todo en la mágica hora de lecturas, dos veces por semana. 

Un día conté "La Cenicienta" y cuando llegué a la parte en que el hada madrina transformó a la jovencita andrajosa en una bella señorita de vestido vaporoso y zapatillas de cristal, Leticia aplaudió frenéticamente el milagro realizado. 

Había una súplica en su rostro que provocó la burla de los que no tenían la misma capacidad ni la misma necesidad de soñar.

Esta vez hubo recomendaciones y regaños.

En otra ocasión, pregunté a mis alumnas y alumnos: ¿qué quieren ser cuando sean grandes? 

Y el cofre de sus deseos se abrió ante mí: alguien quería ser astronauta, aunque al pueblo ni el autobús llegaba; otros querían ser maestros, artistas o soldados. 

Cuando le tocó el turno a Leticia, se levantó y con voz firme dijo: 

“¡Yo quiero ser doctora!" 

y una carcajada insolente se escuchó en el salón.

Apenada, se deslizó en su banca invocando al hada madrina que no llegó.

Mi labor en esa escuela terminó junto con el año escolar. 

La vida siguió su curso.

Después de quince años, regresé por esos rumbos, ya con mi nombramiento de base. 

Hasta entonces encontré algunas respuestas y otras preguntas. 

Las buenas noticias me abordaron en autobús, antes de llegar al crucero donde trasbordan los pasajeros que van al otro poblado. 

Llegaron en la presencia de una señorita vestida de blanco.

¡Usted es el maestro Víctor Manuel! , ¡usted fue mi maestro!  me dijo,  sorprendida y sonriente.

 El que podía encantar serpientes con las historias que contaba.

Halagado, contesté:

Ese mero soy yo.

¿No me recuerda, maestro?  Preguntó, y continuó diciendo con la misma voz firme de otro tiempo, yo soy Leticia y soy doctora.

Mis recuerdos se atropellaban para reconstruir la imagen de aquella chiquilla que en otro tiempo nadie quería tener cerca.

Se bajó en el crucero dejando, como La Cenicienta, la huella de sus zapatillas en el estribo del autobús... 

Y a mi con mil preguntas.

Todavía alcanzó a decirme: - Trabajo en Parral... búsqueme en la clínica tal... y se fue…

Un día fui a la clínica que me dijo y no la encontré.

No la conocían ni la enfermera ni el conserje.

 ¡Era demasiada belleza para ser verdad! 

"Los cuentos son bellos pero no dejan de ser cuentos", me lamentaba. 

Arrepentido de haber ido, y casi derrotado, encontré a la directora de la clínica y hablé con ella. 

Lo que me dijo, revivió mi fe en la gente y en la literatura:

La doctora Leticia trabajaba aquí _me contó_.

 Es muy humana y tiene mucho amor por los pacientes, sobre todo con los más necesitados.

Esa es la persona que yo busco _asi grité.

Pero ya no está con nosotros dijo la directora.

¿Se murió?  Pregunté ansioso.

_NO, COMO CREE, La doctora Leticia solicitó una beca para especializarse y la ganó, ahora está en Italia.

Leticia sigue aprendiendo más y enseñando sus secretos para luchar. 

Yo sigo queriendo saber hasta dónde llega el poder de las palabras; ¿cuál es el sortilegio para encantar a las serpientes que jalan a los descobijados?; como profesor, ¿qué puedo hacer para equilibrar la balanza de la justicia social ante casos parecidos?; ¿cuándo empezó el despegue de los sueños de Leticia en cuanto al resto de sus compañeras y compañeros?; ¿dónde radica la fortaleza de las mujeres que superan cualquier expectativa?

Ya no quiero ser el maestro de Leticia: Ahora quiero aprender. 

Quiero que me enseñe cómo evoluciona una oruga hasta convertirse en ángel y, sobre todo, quiero descubrir, ¿cuál fue la varita mágica que la convirtió en la princesa del cuento?

El maravilloso poder de las palabras.

sábado, 12 de agosto de 2023

El barquero y el erudito



Un hombre muy culto alquiló una barca para cruzar un caudaloso río. Al saludarle, el barquero, que era de origen muy humilde, se expresó con frases que demostraban que no había tenido la posibilidad de ir a la escuela. Y cuando el erudito se lo preguntó, el hombre reconoció que era analfabeto. 

-Supongo que tampoco sabrá historia, geografía ni aritmética, ¿no?, insistió el sabio. -Pues, no. Tampoco sé nada de eso. Solo soy un pobre barquero ignorante. Entonces, el pasajero se atrevió a sentenciar que: Un hombre sin cultura es como si hubiera perdido la mitad de su vida.

En ese momento, la barca, arrastrada por la corriente, se estrelló contra unas rocas y se partió en dos, de manera que el barquero y el sabio cayeron al agua. "Señor, ¿sabe usted nadar?", preguntó entonces el humilde remero.

-¡No! ¡No sé nadar!», respondió el listo. 

-Pues me temo que hoy va a perder, no la mitad, sino toda su vida. Dicho lo cual, el barquero atrapó a su presuntuoso pasajero, que, humillado, no dijo nada hasta llegar a la orilla, aprendiendo, desde su sabiduría, la lección:

"Nunca te creas superior a nadie, porque aquello de lo que presumes puede no servirte de nada en determinadas circunstancias, mientras que las habilidades que menosprecias en otros pueden salvarte de más de un apuro".

viernes, 4 de agosto de 2023

Un caramelo





Abuela ¿cómo fue qué abuelo te propuso matrimonio?

Tu abuelo me propuso matrimonio con un caramelo. No teníamos nada, se arrodilló y me dijo: ′′No tengo nada ahora, solo un caramelo, pero si quieres podemos construirlo todo juntos".

Y tú?

Desde ese momento dividimos y compartimos todo. Nos caímos, nos levantamos y construimos.

Todo junto. Hemos vivido momentos difíciles, de cansancio, pero siempre hemos estado el uno para el otro. Hasta lo último.

Otros tiempos, abuela.

El tiempo no cambia la forma de amar.

Lo que ha cambiado es que ya no tienes ejemplos bonitos a seguir.

Ahora le temen a todo. No se casan por miedo a no poder construir. En cuanto pelean se dejan porque luego creen que van a encontrar uno mejor. Siempre buscan la perfección, como si existiera.

Extrañan la percepción de la realidad. De la felicidad en las pequeñas cosas.

Hacen esta gran demostración, anillos de miles de dólares, un video exagerado para las propuestas de matrimonio y luego se pierden el momento. Esa cosa íntima que guardas en dos, solo en dos para toda la vida.

Esto es lo que les falta. El coraje de vivir la vida y el amor por lo que son y no por como lo imaginan.

Un caramelo y 71 años.